A pesar de que puede sonar extraño, es una de las mejores soluciones para evitar las rozaduras. Consiste en meter dos bolsas llenas de agua dentro de tus tacones para, posteriormente, introducirlos en el congelador. Una vez allí, los dejaremos hasta que el agua se convierta en hielo, enfriando así el interior del zapato. De esta manera, suavizaremos su piel, con lo que los roces serán menores o inexistentes.
Claro, cuando vas entaconada te ves las piernas largas y estilizadas. "Vaya tipazo tengo", te dices. Pero, ¡sorpresa!, la realidad es que tus extremidades inferiores crecen cuando te bajas de las alturas. Así lo asegura un estudio publicado en 'The Journal of Applied Physiology', según el cual las personas que usan habitualmente zapatos de tacón, no solo caminan dando pasos más cortos (tanto cuando los llevan puestos como al andar descalzas), sino que tienen los músculos de las pantorrillas más cortos de lo normal. 

En el supermercado la gente me miraba raro y confieso que me reía por dentro porque cargar bolsas con tacones es algo que no se ve todos los días. Tres horas más tarde volví a casa y no me dolían los pies. Casi no daba crédito a lo que sucedía y pensé que tal vez era porque esos zapatos siempre fueron cómodos, dentro de lo cómodo que puede ser un stiletto (aclaro que elegí este modelo de zapatos porque son los más incómodos y difíciles de caminar de todos).


Al día siguiente, sí, al día siguiente estaba tan envalentonada y decidí pasar el día con esos tacones. Esta iba a ser la prueba de fuego. Todavía no había llegado el frío entonces fue una experiencia de lo más placentera. Hice todos los trámites del día caminando. Siempre los hago caminando, pero ni en un millón de años se me hubiese ocurrido hacerlos subida a mis taconcitos.
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